martes, 20 de julio de 2010

Carretera y manta (el guía)

A las nueve de la mañana me encuentro en la Arrixaca (lugar de fácil encuentro para cualquiera) con la niña. Cuento cuántos dedos tiene en las manos y en los pies; veinte: es ella. Nos vamos a desayunar, no para ver si el otro es el otro, sino para ver si cada uno es el que el otro espera encontrar. En efecto, han pasado ocho meses y como si fuera ayer...

Vamos a un cajero y ordeñamos a la vaca. En Mercadona compramos agua y acto seguido tomamos la autovía, la A30. Sin problemas hasta que empezamos a discutir sobre si nos hemos pasado el desvío a la A7 o no. Al final, en una gasolinera, confirmamos que los dos tenemos razón... Sin más novedad hasta pillar el desvío hacia Valencia por la A35, momento en el que por obra y gracia de Google Maps cogemos la dirección contraria y nos encaminamos hacia Almansa... Res (castellano imperial: nada), media vuelta y encauzamos la cosa otra vez.

Al rato ella me pregunta por los besos que doy y yo le contesto con los que no doy. Pasan dos kilómetros, sonríe y repite la pregunta; le contesto igual y contraataco-. «¿Y tú?» Pasan dos kilómetros más y sonrío... Mirando la carretera recuerdo a Paco Pino y sus lecciones sobre áridos y asfalto, hace tiempo ya que la carretera es blanquecina. Pasarán kilómetros y será más oscura e, incluso, rojiza....

Tenemos hambre. Vemos un área de servicio, «La Pinada», pero su verdadero nombre es «La Pirula», hemos tomado la salida, pero como no está señalizada acabamos volviendo a la autovía pensando que llegamos a ella... Al poco vemos otra área de servicio, llamada Hotel Restaurante Millán, en Sot de Ferrer, clásico bar de carretera, allí comen hasta la Virgen, san José y el Niño: que si el camionero mostachudo, que si una familia con hijos llorando porque la comida está mala (que lo está, pese a las tortas endulzantes que va soltando el padre a su prole suplicante), que si un solterón putero que no ha cocinado en su vida y que lee el diario mientras devora la comida... Y, claro, es normal que el camarero pase de todo, está cansado de la vida... Creo que Rodríguez de la Fuente no acabó su obra, le faltó este lugar...

La comida no es buena, la niña pide una sopa y le traen algo parecido a la sopa de Indiana Jones en el templo maldito, esa que tenía un ojo humano flotando... Yo me como mis salchichas y mis patatas fritas en la firme convicción y esperanza de que mi estómago de cabra me permitirá digerirlo. El camarero nos da muestras de su angustia existencial cuando la niña le pregunta si puede hacerle una pregunta y él contesta que sí mientras se va a recoger mesas al otro lado del comedor... Pobrecita, se ha quedado con la palabra en la boca... Comentamos lo curioso de tener césped artificial en los alféizares de las ventanas y las sucesivas de ctapas de remodelación que ha ido sufriendo el lugar, son como estratos que van dando cuenta de una evolución histórica lenta pero inexorable: la combinación del gotelé con el estuco, la del aluminio con el mármol de la barra, la del expositor de CD con la del de casetes, la mezcolanza de sillas de madera con mesas de formica...

Retomamos el camino y entramos en la provincia de Teruel. Se pone a llover. Es una lluvia rápida pero pesada, cuatro gotones. Dejamos la autovía y tomamos la carretera hacia Mora de Rubielos. La carretera es una maravilla, quince kilómetros de disfrute. El pueblo es cuco. Tiene río, escuela, instituto y cuartel de la Guardia Civil. El hotel no parece malo, pero estamos allí el tiempo necesario para irnos al spa de «La trufa negra», un hotel de cuatro estrellas del lugar...

Allí nos espera Olga, una rusa con las manos de oro que tras noventa minutos de burbujas nos destroza la espalda y nos la recompone. Nos amasa su vida vida mientras nos cuenta la espalda. Es muy simpática y habla un castellano muy aceptable teniendo en cuenta aque solo lleva cinco años en España... Es veterinaria, pero los azares de la vida la tienen ocupada por aquí. Me río con su uso de los pretéritos y ella me pregunta por qué la confunden con una gallega a ratos... También pregunta por nuestro viaje y parece que no acaba de comprenderlo, pero no es nada que no me suceda a mí tampoco... Nos volvemos al hotel acordándonos de sus nudillos a cada paso, hemos dejado el modo robocop por unos días...

A la noche vamos a cenar a un bar que está al lado del hotel. Los productos del lugar están de vicio: jamón, chorizo, queso... El vino tampoco está mal, aunque es fuerte para nuestro gusto. Al final damos una vuelta al pueblo para comprobar que es muy muy pequeño y que la gente se va pronto a dormir... Hacemos lo propio. Me duermo pensando en la suerte de vida que tengo...

Hastalapróxima

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